domingo, 24 de diciembre de 2017

Reminiscencia programada

Con los pies anegados, reflexiona sobre lo absurdo de su situación. Ha de sumergirse en el río para llegar hasta los infiernos. Un infierno donde no le espera un barquero huraño que le cobra un peaje, ni un can de tres cabezas; no le espera nada ni nadie, solamente un remanso de paz y descanso.

  Mira su propia figura en el agua. Sobre su cabeza se mece el reflejo de la Luna y su arcano significado. Sonríe y piensa: todo fluye. Se acuerda de viejas canciones, de amor y sabores que le trajeron la vida. O que al menos le dieron cierto sentido. Pero el nefario destino y el veneno de una sierpe se lo arrebató. ¿Cómo alguien puede tener fe en las personas?, se pregunta, tras la muerte ominosa, horrible y, ante todo, cotidiana, de la persona que él amaba. En este cuento no quedaste impune, apicultor infame.

  Y en ese momento, empieza a caminar río adentro. Está dispuesto a reencontrarse. Consigo mismo, con ella, no lo sabe. Lo satisfactorio es que no lo sabe. Por primera vez camina sin dirección alguna. Deja tras de sí un camino de gotitas de sangre, que se deslizan del puñal que sustituyó por la guitarra.

Y mientras se sume en las aguas de Neptuno, murmulla: «Eurídice, Eurídice...»

James McNeill Whistler

lunes, 4 de diciembre de 2017

Óbices

Sustituimos la lira por el rumor
del río que lleva una cabeza en su caudal.
Tus ojos almendrados
por mi mirada amedrentada.

¿Qué nos ha pasado,
oh, hija de Euterpe?
¿Es que te has cansado
de morderme dulcemente
con tu canto?

El auspicio me revela
la necesidad urgente de un óbolo.
Serapis ha dejado
coagular mis heridas
y el alma me pesa
más que el corazón
o la pluma de un juicio
que ya he perdido.

viernes, 17 de noviembre de 2017

Corpore insepulto

Un día se fue a dormir y no recordó haberse despertado nunca más. Vivía en un letargo muy profundo y protagonizaba su nueva vida dentro del sueño. En ella era una persona querida, afamada y fácilmente obtenía cuanto quería. Simplemente, era el dios de su propio mundo, por lo que tanto poderío acabó por cansarle.
   No solo estaba cansado de ser un dios, sino que tampoco le valía vivir como un mísero. La imaginación en pleno estado del sueño no puede abarcar situaciones moderadas; busca siempre el extremo, la hiperbolización de la realidad onírica.
   La ensoñación seguía su curso, en ese mundo donde no podía dormir por temor a no volver a despertar y sumirse en un bucle continuo. Desesperado, empezó a instigar a todas las personas del sueño -a muchas de las cuales, o no las conocía o eran bebés o animales parlantes como aquella mosca que le pidió fuego o ese bebé que le cambiara su chupete por un preservativo- a que le despertasen, que había zozobrado en un sueño sin retorno. Todos le solían contestar que no existía tal retorno, que lo único que le quedaba era retorcerse.

Unos días más tarde, después del ciclo litúrgico, alguien con rostro triste y solemne empezó a echar montones de tierra sobre su tumba.



Gustave Moreau, Joven tracia
llevando la cabeza de Orfeo

sábado, 7 de octubre de 2017

A on anirà...?

Cap a on anirà quan
ja ni es trobi en nosaltres?
Ningú no sap on anirem
quan ja ni ens trobem en ell.

El nostre principi
i el nostre origen,
només un fil on
voler sostenir
el nostre vertigen.

Ai, on aniràs si amb
nosaltres dos ja has mort,
amor?
I tu que tant em vas
encisar,
i jo que tant et vaig
regar,
què farem si la flor
que brotà baix el sòl
està cansada
d'esperar?

El groc, tan cridaner...
és un color impossible
de no escoltar.

Els meus ulls, tan sincers...
tan impossibles de
tancar.


lunes, 25 de septiembre de 2017

Ojos en un foso

Me pesa el... pero luego me duele la... y encima ahora viene lo otro... 

   Y así conversa vacilante consigo mismo. Que si no sabe qué hacer, que si le supone mucho esfuerzo soportar el peso del... que si luego esto, lo otro; caos y barahúnda mental, no se detiene, no se calla y no conoce el silencio. Piensa que su cabeza es un crisol de rituales crisopéyicos. No sabe a qué viene, pero lo piensa mientras continúa con su paseo.
   Es de noche y se encuentra con el gato al que cuida siempre con leche tibia y galletitas. Esta vez no trae ninguna de las dos cosas para el minino y este le esquiva la mirada. Es oscuro como la noche y sus ojos verdes de una perversidad inocua. Tiene una silueta perfilada como un grabado egipcio. Él lo suele llamar Sirio, como la estrella.
 
Sirio, paradójicamente, es más zorro y se resguarda de la lluvia. A él no le importa mojarse ni sumergir sus pies en unos zapatos empapados ni que una gotita baje por su nariz y se balancee en su extremo ni que el vecino de una calle que desconoce le brame y le advierta de un inminente resfriado.
   No, al él no le importa nada de eso. Parece la efigie de la desazón dirigiéndose a un túnel donde solo existe la oscuridad. Calígula le habla. Nerón le susurra. Sila le grita. Hace caso a todos.
   Se detiene en un charco de agua y empieza a escrutar su rostro. Se acaricia los ojos con las manos entumecidas. Llueve y sus labios están fríos y cortados. Ahora parece que llora mirándose en ese espejo terrible. Observa por última vez y ve cómo la figura del charco se marcha.


Sappho, Charles Mengin (1877)

lunes, 11 de septiembre de 2017

Desnudo

Agrupó todo lo que hube escrito
y formó los retazos de un cielo oscuro. 

Congregó todos mis versos sin dejar
a ninguno de ellos libre de su autoridad.

Descansando en paz sobre una jaula de cristal
a veces le da por asomarse y preguntarme
por qué todas esas palabras, por qué escritas
están las metáforas como si me hubiera
desangrado ahí mismo. 

Como si cambiando el orden de las sentencias
de las sílabas por renglón
de los signos de puntuación
de los entresijos poéticos
como hipérboles y epítetos
pudieran realmente reflejar algún 
tipo de emoción que no fuera
falsa.

Todos esos juegos,
esos malabares verbales
y rimas enrevesadas
las recogió,
y sin metáfora 
que valga las rompió
una
una,
dejando que mi corazón
empezase a sentir de verdad.


Artista: Celeste Ciafarone

martes, 15 de agosto de 2017

Discusiones

No me quedó otra. Hundí el cuchillo en su cuello. Su risa espantosa estaba perturbándome desde hacía horas. Cada palabra que soltaba por esa boca me irritaba más por dentro. Tan solo conversábamos. Discutíamos acerca de política actual y sobre el medio ambiente. No podía con su risa. Deja de reírte. Por favor. Cállate. Escúchame cuando te hablo. 
   Llegó a un punto en que no hubo debate posible. Uno argumentaba y otro no hacía más que desternillarse. Se reía de mí. Cabronazo. Merecía morirse. Yo estaba preocupado por la situación de la izquierda progresista y él solo se descojonaba vivo. Quise desnucarlo ahí mismo. Preferí ir por la vía sanguinolenta.
  
  Qué espejo más horrible. 


Para no ser reproducido, René Magritte

martes, 1 de agosto de 2017

Punto y aparte

Un espejo en el que
veo que me ves mirándote.

un espejo roto que refleja
el dolor de mirarte.

Un corazón hecho trizas
del que hacer ruinas ceniza.

un cuerpo muerto sobre una alfombra;
una prostituta violada por un sátrapa.

Una ganzúa con la que abrir mi garganta
y sacarme las palabras de adentro;
arrancarme la razón.

un hilo de tinta trazando el contorno de mis labios
hasta que desboca y cae en el papel;
ha muerto otra flor.


Amor y dolor, Edvard Munch

martes, 11 de julio de 2017

Punto y final

Se puso el punto y final
sobre nosotros;
con demasiados
trozos por recomponer
acabamos hechos trizas.

Hubo melodías que
se repitieron
para no volver;
tuvo que quedarse ella.
Todo está escrito con tiza.

El recuerdo frío de la desnudez paraliza,
su paso liviano por mi alma dejó huella.

En mi pecho se pueden otear dunas cenizas,
donde naufraga un barco dentro de una botella.

Aceptemos que hay cosas
que no se pueden explicar.
Una flor inmarcesible
se hunde en el mar.
Es en la muerte
donde se abarca la eufonía
de todo lo indecible.

Horace Vernet

jueves, 6 de julio de 2017

La noche de los alhelíes

Todavía eran las cuatro de la mañana cuando estaba en quirófano. Un accidente de moto requirió operación de urgencia, un bigardo francés se rompió (entre otras cosas) la pierna izquierda. En este fatídico caso su tamaño supuso un grave problema, ya que al romperse una pierna podría decirse que se rompió varias. El gigante circulaba tranquilamente cuando un anciano cruzó sin ser a penas consciente de la situación, la moto iba a la velocidad estipulada por las leyes de tráfico, pero el motorista se vio obligado a torcer su rumbo esporádicamente y eso le supuso un buen trompicón contra el muro de una floristería. La dueña era una señora mayor a la que la consternación de ver sus petunias y alhelíes yaciendo en las acequias pudo con ella, y expiró de sí un largo llanto, tanto que ya en lontananza del suceso, los testigos del incidente creyeron tener aún en sus cabezas la sirena de la ambulancia.
 
   Poca cosa conocíamos sobre el salvador de ancianos francés, a excepción de que su moto ha quedado ya totalmente escacharrada y que su pierna izquierda casi corrió la misma suerte. Federico sería el cirujano que se encargaría de operarle. Antes del accidente, el doctor Federico se dirigía a su casa en un auto bastante ostentoso. Él siempre fue el hombre que todos esperaban que fuera. Se sentía orgulloso de sí mismo. Era joven, de unos treinta y pocos, no estaba casado más que con su profesión (como le gustaba pensar), aunque cuando era un adolescente tuvo una relación con una chica que se llamaba Helena y venía a Francia de intercambio de estudiantes. Pensaba que se casaría con ella y que tendrían muchos hijos, pero gratamente el azar deshizo el posible cliché y los libró a ambos de una vida tediosa y monótona. Federico llevaba siempre relojes de la marca más cara. Se sentía seguro al llevar atado en su muñeca un constante e inaudible tic-tac. Quería tenerlo todo planeado, todo bien ordenadito y que pudiera servirlo en la mesa a la hora que llegasen los invitados. ¿Champán? Por supuesto, lleva ya más de cuarenta y cinco minutos en el congelador, en unos diez minutos lo descorcharemos. Asimismo también era muy dado a la lectura, si bien en sus estanterías primaban libros sobre medicina y anatomía, también era muy aficionado a la literatura clásica, siendo un fiel admirador de los realistas rusos como Chéjov o Tolstói. Nunca se dejó llevar por la fantasía ni el idealismo.
   Al llegar a su casa, lo primero que hizo fue dormir. Una larga jornada de trabajo lo hubo fatigado, y sin más preámbulos, se desvistió y su cabeza acogió la cómoda almohada. Durante el descanso, su subconsciente empezó a maquinar, y el magín del médico soñaba que estaba en el hospital. Claro, todo el día ahí encerrado... El hospital prácticamente era donde residía. Entonces, súbitamente, se vio en su quirófano habitual, donde debía hacer un trasplante de corazón a una joven estudiante debido a una fuerte insuficiencia cardíaca. Su rostro le era lo suficientemente familiar como para que le incomodase verla desnuda. No le molestaba realmente abrirle el pecho, ese era su trabajo, pero aquellos ojos cerrados le recordaron exactamente a unos párpados que él mismo tuvo que cerrar. Se dijo que no duraban mucho en vida las mariposas.
Antes de proceder a la operación, Federico le echó un vistazo a su lengua y comprobó que su color era el correcto. Hizo un ademán de pedir el bisturí, pero estaba completamente solo, él y la paciente. Atravesó la hoja como en un trozo blando de papel. Hizo una forma de I en el torso de la chica y vio su interior. Del súbito espanto, se levantó casi asfixiado y sudando.
 
   Ahora se encontraba con el talludo francés en la camilla. Lo miraba y pensó que era hermoso. Tal vez no fuera el perfecto adonis adormecido, pero le gustaba ese temple que le transmitía. Las patillas rubias que continuaban hacia un pelo más bien castaño y denso. La rectitud de sus cejas apaciguaban su temperamento (trastocado por el sueño que tuvo horas antes). En esos momentos, Federico exhaló y rogó por favor a sus ayudantes médicos si podrían abandonar el quirófano por unos momentos. Sí, sí, todo irá bien, solo necesito estar a solas con el paciente, les decía, váyanse a por un café mientras tanto, el asunto nos llevará horas con este bicho.
   Se empezó a sentir más cómodo con la sala vacía. A Federico había algo que le inquietaba. Con su paciente amodorrado por la anestesia, necesitaba comprobar algo. Se recolocó las lentes y se secó el sudor. Miraba al francés, y con severa solemnidad, le desnudó dejándole el torso al descubierto. Su pecho para él era un vasto desierto, donde confluían dos dunas de ceniza en el plexo solar. Quiso dejar lo que estaba haciendo y recapacitar. Entró una asistente y la echó rápidamente, no quería que se le molestase, no, su ritual debía de ser íntimo y fiel al sueño que lo perturbó anteriormente.
Esta vez le costó más incidir en el pecho de su paciente y hacerle la forma de la I. Lo abrió en canal con delicadeza, hasta con cariño, sintiendo el dulzor de la ocasión. Sin más circunloquios poéticos, Federico procedió a examinar el interior de su busto, y esta vez se desmayó dándose un golpe en seco en suelo. Donde debía haber un corazón, habitaba una flor de loto.

Tras el desvanecimiento, despertó solo en el quirófano, junto al cuerpo abierto de una paciente.




Ninfas y Sátiro, Bouguereau

domingo, 18 de junio de 2017

A mar

Fora mirar
els teus ulls em fiquen dins
la mar.

Jo no sé nedar.

Em mires de reüll;
no m'aixecaràs.
Em vols ofegar.

Xocaré amb els esculls,
ets un somni ja,
o potser el mirall on no
em vull veure reflectit.

Ho vaig témer des de petit.

Digues, ona, per què no em
tornes a mirar?




domingo, 28 de mayo de 2017

La logomaquia

No comprendo cómo puedo pasarme horas para leer una simple frase. Mi corazón de piedra, devorado por la hiedra, se pudre. Que tiendan mi cuerpo como alhelíes blancos a la vera del Mediterráneo. Encontraréis el significado de mis palabras en un ditirambo, escrito en un papiro escondido en la independencia de un sueño que vive, que sueña. Este es el episodio primero de La logomaquia, donde las palabras emprenderán una guerra con [...]

Encontré este fragmento enterrado en un jardín abandonado, en un château perdido por un bosque francés. Helena y yo decidimos iniciar una expedición fomentada inicialmente por el aburrimiento ineludible de dos jóvenes estudiantes en verano. Ella estudia Antropología, y yo estoy acabando la carrera de Historia. No hemos sido personas muy dadas a perdernos en lugares que, desde un inicio, desconocemos , ya que ni somos francesas ni tenemos siquiera un mapa que nos oriente, pero esa vez creímos que ahí residía el punto interesante de la aventura. Helena y yo siempre hemos coincidido en nuestro gusto por las letras, en especial por las que nacieron en el Romanticismo, y salimos en la búsqueda de ("oh, qué romántico", quisiera que exclamase el lector) esa naturaleza ideal y de leer algunos versos que sin duda fueron proyecto de un suicidio anunciado (ah, qué romántico). 
   No quisiera engañarles, pero realmente llevábamos ya una semana viviendo en Francia, además, la familia de Helena tiene raíces francesas, así que ella se defiende muy bien con la lengua vernácula. El asunto es que ninguna de las dos éramos capaces de soportar el tedio circundante metropolitano, y el excusez-moi, madame que se escuchaba a cada hora de la tarde. La guerra del ser humano contra el hastío que nos consume en los días de hoy sigue siendo una lucha diligente, pero no hay que bajar la guardia todavía.
Volvamos al inicio de la historia: el fragmento desenterrado, ¿de dónde salió? Ya hemos mencionado que su origen era el jardín abandonado, pero ¿qué es lo que ocultaba? Helena, junto a un diccionario y su pequeño bloc de notas, logró transcribir el texto inacabado. Según pude comprobar, el papiro tenía un origen egipcio, alrededor del siglo IV antes de Cristo. Aparte, el griego antiguo nos llevó a conjurar una hipótesis no muy descabellada: quizá era un escrito perdido de alguna escuela en la antigua Alejandría. El pergamino estaba resquebrajado por la parte inferior, donde seguramente estaba inscrito el nombre. Lo que aún no nos explicamos es el porqué de su lugar de descanso. Supusimos que algún escolástico francés quiso deshacerse de él escondiéndolo, aunque a su vez apreciándolo, pues el cofre que lo salvaguardaba logró resistir el peso de miles de años sin ser abierto. 

[...] ahí se encuentran nuestras almas, perdidas en el tiempo! Nada más lejos, esto no es ningún logogrifo como el de aquellos filósofos que aseguran que "todo fluye". No, todo se bifurca en el tiempo. El mundo original es el mundo de los sueños. Y si «el sueño de una sombra es el hombre», entonces eso nos honra, porque nos hace reales. Las palabras nunca revelaron lo que se ve, sino lo que se [...]

En el reverso del pergamino logramos traducir (costosamente, todo hay que decirlo) este pequeño extracto. Hubo un momento en que debido a la pasión con que estaba escrito todo, Helena se alteró y no dejó de hacerse preguntas ¿qué quiere decir quien haya escrito esto? ¿Qué es "La logomaquia"? ¿Qué son estas manchas carmesí? ¿Qué hemos de hacer? Dímelo, agárrame las manos, agárrame y no me sueltes. ¿Qué estamos leyendo?
Después de que se calmara, le respondí: las cartas siempre se escriben con sangre, Helena. Nos miramos y dejamos el escrito donde estaba, quién nos mandaría a ir buscando minerales. Durante el trayecto en el coche tuvimos una conversación. Sin hablar, claro, todo fue un proceso mental. Estoy convencida de que Helena y yo debatimos en ese coche, y llegamos a la misma conclusión: las cartas se escriben con sangre. Nada de puños ni de letras. Sangre y, si es necesario, lágrimas. Algo me dice que también discutimos acerca de la influencia del Romanticismo en los siglos que le precedieron, y que quizá este tipo de ideal haya sido desde los primeros momentos inmanente en el ser humano. De lo que sí estoy segura es que la perturbación del tiempo, el paso de los años y el peso de los tiempos pasados, han sido los temas primerizos que asolaron a las personas desde sus albores.
   La noche del mismo día dormimos juntas. Ella soñaba y yo pensaba. Sabía que era incapaz de meterme en su sueño, pero lo intentaba. Si el mundo real es el mundo de nuestros sueños, quisiera crear juntas nuestro propio mundo onírico. 



Soñemos, Helena, soñemos. Aseguremos nuestra existencia. Procura no estar insomne.


'Séléné', Albert Aublet


jueves, 20 de abril de 2017

Barahúnda vanílocua

Sedúceme, Aquiles, con tu ira;
arrastra mi cadáver hasta tu alcoba
como hiciste con Héctor priámida,
ay, hijo de Tetis, Pélida de los pies ligeros;
mi afán lisonjero te hace bullir
la sangre.
No es mi culpa, Amor, sino la de Homero;
él, de corazón ciego,
no quiso que tu madre bañase
tu cuerpo entero;
él, viendo aún invidente,
compuso la ironía de tu belleza apolínea.

Agoreros trágicos,
barahúndas emocionales airadas.
Caballos de plástico
y dentro soldaditos de plomo.
Alzamiento de lanzas y espadas,
solo la muerte de Áyax
quedó clavada.

Dioses nunca fueron buenos.
Artemisa es un ciervo.
Dafne es un laurel.
Apolo un violador
que amanece.
Eros no cree en el amor
más que en la muerte.

Aquiles compungido escucha la lira
de Orfeo en el infierno.

No se sabe quién, pero se oye a alguien sonreír con una dulzura maligna.

Fin del ensayo.

Amor vincit omnia, Caravaggio.

sábado, 11 de marzo de 2017

Dreri andaluz

Mi alma nació el siete de marzo.
Vi de sus ojos brotar flores amarillas y
mientras los míos brillaban como el cuarzo;
no hay metáforas gongorinas
ni Romanceros gitanos
que describan, quizá, su pestañeo
como vuelo de golondrinas celúreas;
su voz, quizá, como el canto
de un flamenco bañándose
en un mar rosado;
ningún verso de un maldito poeta
contó que su mirada alunada
reverbera en corazones 
llenándolos de música.

Ningún poeta pudo llegar a ser sincero
en versos que escribieron en noches tristes.
No existieron dichos pesares nocturnos,
no conocieron jamás la soledad natural
del lecho y el esfuerzo mental
por tratar de personificarla a tu lado;

el dolor de no poder recordar
la melodía sibilante de sus labios,
no sintieron jamás el dolor
lejos de algún tipo de ritual poético;
dicen: el dolor que causa mi amor por ti
quema como el hielo
y se equivocan: el amor funde el hielo
en su calor pasional.


Desde que recorrió mi interior el dreri andaluz
ha expirado de mí todo tópico amatorio,
se
des
  bor
     da
 todo lo que cupo en mí

y te ama,
 no como la gente adulta dice amar

sino de verdad.



domingo, 5 de marzo de 2017

Últimos versos para Gata

Expiró breve como un suspiro,
como una caléndula silvestre
que se marchita, y se ennegrece
antes de que llegue la primavera.

Ahora ya no existen flores en jardines
que brillen de rocío,
pues ella reflejaba con su color
a las demás;
pero te vas, te vas y respondes:
Yo es que soy muy poeta.

Y qué poeta.
Rondará por siempre
en la primera parada intergaláctica en mi psique.
Ya nunca me pregunto
«¿qué es la vida?» 
Un tesoro, un bien preciado;
pero es aún más que eso:
es todo aquello que nos ha regalado.

Obra inconclusa,
se ha marchado
sin haber podido remediar
el mal de este mundo:
Me engancho mis cadenas 
y salgo guapa pa' la calle,
me detengo y observo
el planeta lleno de villanos. 
Condenados a resistir
hasta que por fin aprendamos.

Desde que Gea se cansó
la dama del futuro vive en Venus.
Y aún ahí, a lo lejos, se sigue escuchando: 
Déjame ser otra cosa que no sea un cuerpo

                            Yo os invoco hijas de Eva, buscando una luz.



En mis escritos nunca añado explicaciones que se vinculen directamente con el lector. Esta ocasión es distinta, en este poema sí tengo una explicación que dar: Ana Isabel García, conocida artísticamente como Gata Cattana, era una politóloga, poeta y rapera cordobesa. El pasado dos de marzo, con tan solo 25 años, falleció por muerte cerebral provocada por falta de oxígeno a causa de un shock anafiláctico. Su corazón ahora mismo está latiendo vivamente en otro cuerpo (al igual que sus otros órganos), pues ella fue bondadosa hasta el final. Todos los versos que están en cursiva son frases de canciones suyas. 
Por honor a ella, a su música, a su poesía... y a su gran labor como activista de conciencia feminista, publico este poema en su memoria, como signo de aprecio hacia su indudable arte y lo que nos legó en su corta vida. Gracias, compañera. 


lunes, 27 de febrero de 2017

Lucerna

Tenue luz que entra y recae
desde la claraboya hasta la mesita
blanca del salón.
Leve, delicada brisa que zarandea

nuestro pelo oscilando el aire
como las olas en el mar;
la sequedad salina de unos labios
tras huir de ese mar.

La luna, que titila en unos ojos
diáfanos, ahogada en lágrimas de
agua dulce donde nadan peces de colores.

Rayos que parten árboles como si
fuesen miradas, que no estacan arboledas, sino almas;
donde en lo natural también radica lo bello.

domingo, 19 de febrero de 2017

Heridas del tiempo

Él escribía. Escribía, escribía y escribía. Escribía apasionadamente, tanto como vivía su vida. Escribía en el servicio, tanto el privado como el público. Escribía en cafés y en hostales remotos que solo conocen las carreteras estadounidenses. Vaya si escribía. Algunos jurarían que escribía hasta dormido, pero no lo saben, pues mientras él estaba escribiendo los demás dormían. Escribía tanto que a veces solo escribía acerca de lo mucho que escribía: "Oh, si es que escribo hasta lo que he escrito", se decía. 
Hasta que llegó el fatídico día en que dejó de escribir. No volvió a tocar ni una sola pluma. "Fuera. Dieta de letras. No escribir durante un mes. Empiezo mañana. Ya no escribo, no, ya no."
Y, entonces, nada especialmente reseñable ocurrió. Dejó de escribir sin motivo aparente.

Este pequeño texto fue el primer recuerdo que pude rescatar de aquellos años. Continuamente anotaba la mayoría de cosas que pasaban por mi cabeza, hasta que me quedaba sin temas y debía recurrir a lo más simple para volverlo complicado. Cleo siempre me decía que cuidara esa tendencia a enredar lo cotidiano, que andara con ojo en los idus de marzo y que no quisiera cruzar con los semáforos en rojo con el pretexto de que dicho color solo es una interpretación del cerebro. Cleo me cuidaba mucho, temía que, con el tiempo, me convirtiera en una máquina que hace ruido al procesar.
Como es previsible, me convertí en esa máquina (no preguntéis cuál, pero una vieja y abominable) que constantemente emitía ruidos patéticos y penosos. También es cierto que tomo muy en consideración las lecciones morales de gente ya fallecida.
    No sería capaz de ubicar el extracto en ningún momento de mi vida, solo sé que estaba Cleo y que yo bebía mate en mis días enfermos. Mi cama solía ser larga y ancha por mi estatura. Los pies se me salían en miríadas noches. Y mi subconsciente trataba de arreglar el problema haciendo que mi cuerpo se recostara en diagonal. La cama donde duermo ahora debe ser aún más grande, pues no se me salen las pezuñas como en aquella época. 
Mi casa también era como yo: alta y angosta. Cleo se enfadaba repetidas veces conmigo porque siempre dejaba misivas y otros encargos en los estantes superiores, los cuales ella solo podía alcanzar si se subía en un taburete o, por contra, si queríamos hacerlo más divertido, sobre mis hombros. Si alguien se subiera en mis hombros ahora como mucho solo podría alcanzar la vitrina media de la cocina (en todo caso, ambos saldríamos de una forma u otra gravemente lesionados).
    Quizá escribí aquella historieta en el despacho del jardín. Ahí no entraba nadie excepto yo. De hecho, encontré el relato ahí mismo, en un polvoriento cajón donde solía guardar mis diarios y recortes de eslóganes graciosos: «¡Abrazos gratis tan solo por un chelín!» y muchos otros juegos de los que Cleo y yo disfrutábamos. Incluso guardaba los propios juegos de palabras que Cleo componía cuando caía en unos de mis vaivenes nostálgicos: «En universos para ti uní versos, y como la psique mando voy poemas así quemando; así que mando, pues no soy elocuente por más que te lo cuente, pero por mí, báñate en el mar y posa». Guardé todas estas roturas del lenguaje porque sabía que me ayudarían cuando ya no estuviese. Cleo se cuidó también de esconder mis digresiones de cuando nos íbamos de viaje. Muchas veces pensé en quemarlas, pero le encantaban, como cuando fuimos de crucero por Grecia.

Robges y Gosarama eran dos hermanos, conocidos como los «Pseudógrafos», mofa por parte de los literatos macedonios Corazárt y Obag, los cuales tenían un sobrenombre cada uno (entendiéndose que fueron ideados por sus rivalidades literarias): el primero; «Corta Zares», y el segundo; «el de las Teticas de Perra». 
Ambas parejas coincidieron en el viaje de bodas hacia Creta y el rey Minos les tendió una trampa. Nuestro dúo tragimágico se mezclaría, ambos tendrían que hacer acopio del compañerismo consolidado durante la etapa de la infancia para superar su terrible obstáculo: la lanza de Teseo en el laberinto.
    Finalmente, la gesta concluyó alegremente. Gosarama y Corazárt domesticaron a un minotauro durmiente, el cual asesinó al autoritario Teseo; Obag y Robges embaucaron a un alquimista, Dédalo, con una sugerente idea de mercado: fabricar más alas de serumen para así obtener una comisión de nuevos visitantes que hayan de huir del laberinto. Así lo hizo y acabaron por robar alas suficientes para que todos pudieran escapar.

Los cuatro acabaron haciendo el amor en la orilla del Mediterráneo. 


Se acabaron los circunloquios cautivos. Las arrugas de mi rostro degeneran todo conato de sonrisa provocada por el pasado. Sigo haciendo un ruido patético y penoso, y es estimulado por el sentimiento nostálgico de lo que fue una vida; de lo que fueron los aromas de la cafetería donde solía escribir, la neblina de la ciudad por las mañanas y el rocío que empañaba los coches (el perfecto modelo de paisaje urbano), los sucesos nada reseñables que ocurrían en esta, The Smiths sonando distorsionados en radios... E incluso escribir nimiedades. 

Sueño aún que me trae un mate. Che, pero cómo quema la garganta.





domingo, 5 de febrero de 2017

Almas hidrófanas

Me diste más de una razón para marcharme;
cerrar tu puerta tras de mí y
huir bajando tus escaleras
que ahora sentirían la desazón de mis pies
sobre el yeso enmohecido
(ya húmedo pero no por mis lágrimas sino
por las de alguien que sí te quiso)
y yo sí que te amaba y por eso no lloro
y por eso no rompo los escalones
bajo mi paso insepulto 
(mis intenciones amatorias fueron siempre
subrepticias)
yo te decía: "te quiero como la p a la q cuando
se encuentran de paseo"
pero para ti era inaceptable porque
pensabas que cada una seguiría su camino
(al andar)
y que la u maltrataría a la q al llegar
a casa y la p solo podría acabarse su petaca
de vino y dormir largo rato, abatida
(éramos el sol y la luna porque
yo te soñaba de día mientras que tú
lo hacías de noche)
tenía solo una oportunidad para corroer
el pomo de tu puerta e incluso Hilas
le hubiera dicho que no a tu mirada de ondina
meliflua, pero en ese momento
tú fuiste Artemisa y le quisiste regalar
a este impertinente Acteón un
diente de león mientras guillotinabas
con el pestañeo de tus ojos pardos
todos los motivos por los que ejecutar mi marcha;
cerrose el portón y al girarme
(incluso siendo el gran bobo como yo solo
podía ser)
nos encontramos.


Hilas y las Ninfas, John William Waterhouse