jueves, 1 de septiembre de 2016

Lluvia del tiempo

Pedaleo mis recuerdos y hablo en sueños,
en mis somniloquios nocturnos
confabulo queriendo entregar al Sol
por una flor amarilla en mi jardín lunar.

Monólogos sonámbulos en un harén de flores ásperas,
buscando sin saberlo un diente de león
que sepa cómo acariciar suavemente mis mejillas,
con la misma delicadeza con la que se sostiene una tacita de té.

Duermo entre cumunolimbos mullidos,
como un Olimpo de nubes construido,
y allí es donde pienso, luego siento;
donde siento, luego sufro;
donde sufro, luego aparece el llanto.
Y la gente aún sin explicarse por qué llovió
cuatro años, once meses y dos días.


Ilustración de Moonassi.

sábado, 20 de agosto de 2016

Las lunas del subconsciente

Hubo un momento en el que no pude dejar de abrir puertas. Girar el pomo, a veces redondo y otras veces de forma aguileña, en el que tenía que hacer una fuerza suspensoria; para luego pasar y encontrarse otra puerta. Puerta tras puerta, con esa palabra inmortal incrustada en las puertas de mi mente. Ni siquiera podía cambiar de palabra; ni pórtico, ni portal, ni tan sólo umbral aunque fuera.
Seguía y seguía abriéndolas, intentando encontrar algo más allá de un punto que me llevase al mismo, y así sucesivamente.
Lo último que recuerdo es que estaba en mi despacho, como de costumbre, traduciendo un libro y añadiendo mis propias notas acerca del libro. No recuerdo bien la historia, sólo sé que estaba escrito en cirílico y lo transcribía al catalán. Hòsties, pensaba mientras leía el libro. Su autor alimentaba los soliloquios del protagonista con elementos literarios y artísticos de tal complejidad que no me dejaban trabajar a gusto. Quise encargarme también de añadir notas y aclaraciones, ya que el texto en sí era muy denso y me obligaba a hacer prácticas dignas del metarrelato, dado que su riguroso personaje no dejaba de sumergirse en los profundos lagos de la metafísica.

En un momento de mi tarea como traductor, me di cuenta de que el escritor estaba asesinando a su dichoso personaje. Este se perdía en laberintos de retórica -pues trazaba caminos con las palabras entremezclados de un modo casi paranoide-, y no lograba salir de su propia trampa. Era como si padeciera una amnesia discontinua que no le permitía enlazar bien sus pensamientos. Empecé a tener dudas sobre si el autor en cuestión estaba seguro de lo que quería decir, y en la parte inferior del libro agregué:
N. del T.: el protagonista muere al final de un paro cardíaco, en una sala blanca de sanatorio. Y seguí tan campante traduciendo el libro. Elegí el paro cardíaco como alusión a las palabras antes mencionadas, estas representaban la sangre circulando de manera inconexa, y después, un ineludible parón.
Súbitamente, me quedé en shock; más tarde, en coma, después abriendo puertas, y luego hasta aquí. Estaba desglosando un libro maldito. Regurgitaba cera de velas negras sobre una obra ajena, con total impunidad, y el médium que intervino en su cuento me había castigado. Entendí que su novela no fue escrita por él mismo, de hecho, ese libro estaba ya escrito desde antes de que se publicara, Dios sabrá en qué idioma. Él sólo lo expresó con su lengua materna mediante las pistas que le dejaba en el subconsciente aquel ente. La parte final del libro acabó con una frase inalienable en francés: Mort pour la liberté.

No tengo recuerdo de haber dejado ese trabajo. Por lo que mí respecta, acabé sumido en un sueño y ahora me veo aquí, en medio de una sala solitaria, junto a un cadáver¹ dormitando sobre unas hojas. Hace rato que dejé de abrir puertas, pues ya no me quedaban más.

¹N. del 2º T.: evidentemente, el traductor es el que está muerto en la sala, donde próximamente ahí espera mi cadáver, y el del siguiente dragomán*. 

*N. del 3r T.: "dragomán" es el modo oriental para designar a un intérprete lingüístico. 



Ilustración de Moonassi.

sábado, 6 de agosto de 2016

Oleaje onírico

Zozobramos en un mar vacío
inundados de dudas,
donde la arena fría no marca huellas
sino tus pasos en falso.

Nos transportan sin quererlo las olas del sonido,
el salitre anida de por vida en nuestros cabellos;
exhumando espuma por la boca y
enredándonos con algas hasta casi ahogarnos.

Rodeados de tábanos y con pececitos
mordiendo los residuos de nuestros pies,
no nos quedan fuerzas para iniciar el nado
y la tinta de nuestras pieles ya se ha corroído.

No vendrán en nuestra ayuda naves poéticas
ni traerán versos con buenas nuevas.
Solamente nos aguarda la reverberación de
la Luna en nuestro mar de dunas
de dudas llenas.


Ilustración de Celeste Ciafarone

sábado, 18 de junio de 2016

La delicadez de los suspiros

Se miraron. Súbitamente, se soltaron las manos. Sus circunloquios artísticos, virguerías acrobáticas y momentos de suspensión cerraron la función. Sol y Loquio eran una pareja de trapecistas de Bosnia-Herzegovina, con corazón yugoslavo.
Sol representa la luz brillante del proscenio, dejando tras de sí un rastro de pinturas de acuarelas. Loquio es la perfección formal de un soneto y el sentimentalismo instrínseco de un romántico francés. Ambos representan una obra desgarradora que se traduce en momentos de silencio, y en instantes en que el diálogo es acrobático, y no verbal. 

Sol
Estoy sosteniendo a la Luna. Dime, ¿me soltarías sin más o dejarías que te quemara hasta escuchar gemir el vapor? 

Loquio
Prefiero quemarme, así podría ser ceniza y estar presente en cada partícula de tu cuerpo; en cada pequeña ranura de tu tez. 

Sol
¿Y por qué tener que soltarnos? ¿Por qué no estar en continua suspensión mientras los demás nos observan? ¿Es que acaso no funciona así, el amor? En la delicadez de los suspiros. 

Loquio
Tenemos que soltarnos porque no hay otra cosa a la que aferrarse que no sea el calor helado. Ay, qué tópico el drama circense, y qué cierto es. 

Sol
Y es que así somos: los incansables acróbatas, en la cuerda floja de la vida, sin dejarnos caer. Con la mirada puesta en nosotros dos, pendiendo del hilo que nos une. No podemos quedarnos varados en un punto permanente en el tiempo, pero si tuviera que elegir uno, sería este. No me sueltes. 

Loquio
Amo el dolor ineludible del descenso. Aunque el hecho de no vernos las caras durante ese momento sea un total desengaño, aunque tenga que sentir la puntita de tus dedos en los míos en un segundo, es hermoso porque así nadie puede ver cómo lloro. 


Desenlace, descontrol, desventura, despedida; desvivido destiempo decaído, defunción y destino desunido. Muchas palabras tristes llevan "des". Sol y Loquio llevan desquitándose del desquicio desmedido desde tiempos inauditos. Son la pareja del grito silencioso que recorre el funicular. 
Ese (des)diálogo ha sido producido en un segundo y medio. Esos segundos representan el momento culmen de su obra: la tensión del público y la suspensión de las miradas de Sol y Loquio hicieron de un espectáculo poesía visual. ¿Por qué el caso de Sol y de Loquio? ¿Por qué estos dos bosnios cuyos nombres son de origen incierto? 
Quizás por romantizar la tragedia que es el sosiego en tiempos de ruido intempestivo. Quizás sea porque el drama circense no es un mal argumento para una obra. O quizás sea por hacer una representación de una forma singular de ver el amor. Y no solo el amor, sino también las relaciones interpersonales. 
Aunque, yendo un poquito más lejos, ¿quién dice que "Sol y Loquio" sea una pareja que comparte lecho y oficio? Ellos son solo un mero juego de palabras cuyo sentido es fácil de identificar. Lo interesante del asunto viene cuando uno se pregunta "¿Para quién es "mero" el hecho de que se llamen así? Quizá para una mente llana, o una mente que no profundice y solo disfrute con leer un poco por las tardes. Sol y Loquio no es ninguna pareja de enamorados, los cuales se (des)aman incondicionalmente, no.

Sol y Loquio es la representación de la relación de la cordura con la locura, sobreviviendo al riesgo del trapecio.


domingo, 5 de junio de 2016

Soledad en nuestras voces

Tres. Tres puntos. Puntos suspensivos. Tres suspendidos en un punto. Tres puntos que están en suspensión. Pinto tres puntos cuando el reloj marca las tres en punto. No dejo mis desvaríos ni a la de tres, y punto.

Empezó la novela con un juego de palabras sumamente nefario. ¿A quién no le gusta que un escritor divague? Como si nadie caminara con la intención de perderse alguna vez.
Este caso es parecido, su camino está marcado en prosa, y las letras son sus pisadas que dejan huella por la tinta.
Nuestro querido barbián  irrumpirá en el relato de tanto en tanto. Les indicaré el camino con una fuente en cursiva, Dios salve a la cursiva. Imagínenme como un ente que les guía a medida que leen el relato. Yo seré el hilo conductor que os muestre los fragmentos alienados y los sensatos. No tengo cara, pero sí una voz: la vuestra.

Besando la arena de islas perdidas en el tiempo, intento restaurar la pérdida a destiempo de mis clepsidras vacías. Hay un sonido que escucho, una voz que me habla; dice que amansa fieras indomables, pero sé que es un cobarde. Pues se oculta tras el eco de una cabeza atormentada. 
El aislamiento del mundo cuerdo me ha llevado a salas cuadriculadas, cuando yo sólo puedo ver hexágonos; con las paredes demasiado blancas, cuando mis ojos son cerúleos. En esta vereda no veo flores delicadas, sino un yermo abrupto. Mis pies sangrantes señalan la vía equivocada, una en que en cada paso, pierdes una vaharada. Tengo la mirada varada al sol, y ni así se seca mi llanto. Que un día me expliquen las nubes, por qué sobre mi girasol llueve tanto. 
Despierto en el umbral del anochecer, desnudo y dibujado con tiza; comienza a llover. 

Este párrafo se extravió en una noche de pesadillas continuas. En su mente no existe más protagonista que el que piensa, y finaliza siempre con una tragedia. ¡Carga con tanto ruido en ella! Como si el dolor gritase en mitad de la penumbra, con un gemido cortante.
A nuestra querida mónada se le hace cenizas el tiempo en sus manos. Como si sufriera una discalculia severa: no comprende que el tiempo es algo intangible y desleal; y que jamás podrá dejarse de ver bajo su yugo.

Los sueños suelen ser siempre recurrentes en nuestra niñez, pero él nunca ha podido dejar de lado

esa satisfacción que me brindaba imaginar, porque me veo pero no existo, y existo porque sueño 

que quizá algún día le vayan las cosas mejor; pensamos que es un hijo de Calíope, asustado, y

mis amigos literarios y yo también merecemos una vida más allá del suelo mundano, que es el 

dolor lo que más le ha marcado en su vida; pocos momentos felices compusieron su mente, pero

las calles andadas entre mares de desesperación y alcohol, no me impedirán que resurja de entre 

los versos que un día alguien le escribió cuyo autor no se sabe quién pudo ser,

pero me quiso. 









sábado, 21 de mayo de 2016

Dos amantes

En ocasiones me gustaría que mi cara fuese como un palíndromo. Perfectamente simétrico, sin margen de error. Quizá con algún ligero desnivel, pero nada destacable, sólo para que se notara el efecto de la naturaleza. A veces tengo estos pensamientos. Los clasifico como  de tipo “fugaz”, pues son efímeros en mi mente. Aunque nunca estoy seguro de cuándo un pensamiento es fugaz y cuándo no. ¿Existirá el tiempo en la mente? Porque si es así estoy condenado a la eternidad de la primera persona del singular.

Escucho alaridos en mi cabeza. Llega alguien, toca la puerta y luego dice toc, toc. Y yo no digo quién es, porque ya lo sé. Aunque es extraño, luego se reproduce un diálogo. Lógicamente es como si sólo hablara yo, pero me imagino lo que el otro interlocutor diría. Toc, toc; adelante, pase; disculpe, ¿tiene tiempo para que le hable Del sentimiento trágico de la vida?; lo siento, pero no, estoy demasiado ocupado; ¿con qué?; pensando; ¿en qué?; en que pensamos demasiado.

Me parece que estás desvariando. Es más, creo que te has infiltrado clandestinamente en mi relato y sin avisarme. La próxima vez que incurras así te borraré y punto. ¿Hasta qué punto debería tolerar esto? Interfiere mi subconsciente en mi tarea y va y me escribe dos párrafos. Si es que nunca me deja tranquilo. Ojalá tuviera la llave del desván de mi cabeza, así podría amansar un poco a la fiera surrealista.  
Ahora no sé ni a quién me dirijo, ya me ha hecho el lío, vaya. Tranquilidad, tranquilidad, estoy muy bien. Nada. No hay nada. Nada pasa por mi mente. Mi mente pasa por la la nada. La nada pasa porque le deja pasar mi mente. Yo no digo nada. La nada es al río como el todo es al mar. Las olas son el rugir viento, y todas las olas el mar. Vale, parece que ya todo vuelve a la (a)normalidad.

Camino por distintas calles con el mismo nombre. Al final siempre me encallo en la peor rue. Nunca me salgo de este sentimiento apopléjico. Soy el marino que con ojo de pez comanda el holandés letrante. Y naufrago en un mar de palabras ancladas, perdido en los versos acrósticos de un poema apócrifo.
Me duele pensar que hemos acabado con nocedades para que otros pudieran escribir en papel sus necedades. Algunos hacemos del arte nuestro juguete, pero tomándonoslo como algo muy serio. Más bien, el arte no es un juguete, sino algo con lo que se puede jugar. Aunque hay quien se empeña en jugársela al arte, con un resultado previsiblemente patético. Me desvío del tema. No digo nada.

Creo que ya sé cuál es el problema. Me abro demasiado con las personas. Y eso ha hecho que dejase el ventanal de mi subconsciente abierto. Mejor me quedo quieto y callado. Soy todo un despistado. A la mínima dejo que me dome(n). ¿Tendré algún sueño lúcido después de acabar el texto? Espero que no. Seguro que volvería a dejarme alguna ranura de mi pensamiento abierta. A parte de esto, lo más probable es que hiciera una continuación de este escrito. Así soy. A mí no me paran de escribir ni soñando. Sea aquí o en un limbo desconocido. Siempre estaré presente en todas y cada unas de las letras que un día compuse. No somos inmortales. Aunque átomos astrales nos erigieron, y eso nos hace grandes.
Ilustración de @Amarilloindio



domingo, 24 de abril de 2016

Recuerdo caído

                    I
Los recuerdos siempre se caen,
desbocan de tu memoria
y son estos los que naufragan
en el mar de la nada.

A tu paso se marchitan las rosas
de tiempos pasados;
qué inexorable es la vida
si no la cuidas. 

Y a la vez te sientes magullado y confuso,
nadie te hubo contado que el tiempo
es un elixir caliginoso y difuso.

                  II
Hubo recuerdos que abrieron
llagas en tu mente,
donde tomas contacto contigo mismo
intentando dibujar con la tinta de tu imaginación
recuerdos perdidos;
una tinta cuya fugacidad responde
al mero tacto con el papel.

Nunca te percataste de que tú eras el papel,
y que la tinta no es más que la lágrima nostálgica.