domingo, 18 de marzo de 2018

per uns segons

les nostres mans s'enfilen com bri macramé
tímidament, amb por que ens cremés
aquell foc intens, on ballen nimfes i sàtirs;
i fora claudicar tornam a ajuntar les mans 

i record tot el que va unir aquelles mans,
record la meva confusió innocent de creure
que besava un coll d'ivori, un coll on em
voldria refugiar, on proclamaria el meu exili

la teva mà que dibuixava i esborrava la meva
que intentava escriure i definir la teva amb
enigmes que farien tremolar tota Tebes

llavors en una darrera abraçada els nostres cabells
s'embullen i les nostres mans cerquen enfonsar-se
per sempre en aquell mar i morir, per uns segons, allà



Malcolm Liepke, In his lap



domingo, 4 de marzo de 2018

Somnium, imago mortis

   Un día se levantó y se dio cuenta de que estaba muerto. El lecho en el que yacía estaba encharcado, pero igualmente se desquitó el sueño. Se miró al espejo y vio la cara de un muerto: los ojos hundidos, sumidos en la oscuridad; la boca cerrada, tratando de gritar algo desgarrador.
   És com dur damunt un cor d'ivori que pesa i que has de portar per tot arreu. Com si es pogués perfeccionar el mite de Sísif. Malauradament, les veles d'aquell vaixell que s'apropava als esculls eren negres, i no me'n portaren res més que la mort i un crit sord. 
   Hablo de que mi cama es un lecho de pensamientos que nadan en un remolino oscuro, lleno de flores y peces dorados que intentan no ahogarse, los pobres. Yo ofrezco esos peces a la divinidad leontocéfala, Sekhmet, toma mi sangre y me mira furtivamente, me desarma. El tiempo esculpió las ruinas donde habitaba, una pagoda construida con agua y láminas de acíbar...
   A la Hiperbòria, submergint el meu cor en aigua dolça, una nàiada m'acaricia les galtes, freds els pòmuls freds els dits freds els ulls que em miren des de l'aigua. Crec que el Zèfir també tracta de consolar-me, de llevar-me aquest fred que em crema i desfà la meva ànima. Ma'at em mira i després veu la balança, com si esperés molt més de jo, com si la meva ploma no estés destinada a ser tenyida amb sang...
   Un 7 de marzo nací y un 7 de marzo muero, por ti sobre el Capítulo 7 mis dedos muevo.

Eduard Kasparides, Orpheus and Eurydice, 1896

sábado, 20 de enero de 2018

En mí, pero dónde

Apareces 
cada vez que cierro los ojos,
aprovechas cada
instante de oscuridad
invadiendo mi cuerpo y
asediando las murallas de mi corazón,
hasta que haces de mí un gálata moribundo.
Conviertes besos que soñé
en dentelladas,
dejándome
la piel
en carne 
viva
y matándome
al mismo tiempo.
Solo tú
me arrebatas el aire.
Solo tú
provocas que hiperventile.
Y todavía arden
los arañazos que 
dibujan mi espalda,
y todavía siento
tu lengua viperina
libando mis lágrimas.
Mientras tú corroes todo lo que soy
con tu hiedra
y tratas de retenerme
entre las sábanas empapadas,
mi vacío abraza su existencia
y mis ojos buscan la poca luz que en ellos quedan.
En el cráter
de la desesperación
donde me has hundido 
he encontrado otra parte mí.
No pienso escuchar más voces que la
mía.


Egon Schiele, Tote mutter


martes, 9 de enero de 2018

Cada vez más cerca


Mis heridas se hermanan
en un dolor amargo,
fluye la sangre
a borbotones
y me 
recuerda 
a un bombón
de licor derritiéndose
sobre mis manos frías
en un trance palingenésico. 

Una auténtica muestra de amor:
el filo de un cuchillo besando la boca de mi estómago.


domingo, 24 de diciembre de 2017

Reminiscencia programada

Con los pies anegados, reflexiona sobre lo absurdo de su situación. Ha de sumergirse en el río para llegar hasta los infiernos. Un infierno donde no le espera un barquero huraño que le cobra un peaje, ni un can de tres cabezas; no le espera nada ni nadie, solamente un remanso de paz y descanso.

  Mira su propia figura en el agua. Sobre su cabeza se mece el reflejo de la Luna y su arcano significado. Sonríe y piensa: todo fluye. Se acuerda de viejas canciones, de amor y sabores que le trajeron la vida. O que al menos le dieron cierto sentido. Pero el nefario destino y el veneno de una sierpe se lo arrebató. ¿Cómo alguien puede tener fe en las personas?, se pregunta, tras la muerte ominosa, horrible y, ante todo, cotidiana, de la persona que él amaba. En este cuento no quedaste impune, apicultor infame.

  Y en ese momento, empieza a caminar río adentro. Está dispuesto a reencontrarse. Consigo mismo, con ella, no lo sabe. Lo satisfactorio es que no lo sabe. Por primera vez camina sin dirección alguna. Deja tras de sí un camino de gotitas de sangre, que se deslizan del puñal que sustituyó por la guitarra.

Y mientras se sume en las aguas de Neptuno, murmulla: «Eurídice, Eurídice...»

James McNeill Whistler

lunes, 4 de diciembre de 2017

Óbices

Sustituimos la lira por el rumor
del río que lleva una cabeza en su caudal.
Tus ojos almendrados
por mi mirada amedrentada.

¿Qué nos ha pasado,
oh, hija de Euterpe?
¿Es que te has cansado
de morderme dulcemente
con tu canto?

El auspicio me revela
la necesidad urgente de un óbolo.
Serapis ha dejado
coagular mis heridas
y el alma me pesa
más que el corazón
o la pluma de un juicio
que ya he perdido.

viernes, 17 de noviembre de 2017

Corpore insepulto

Un día se fue a dormir y no recordó haberse despertado nunca más. Vivía en un letargo muy profundo y protagonizaba su nueva vida dentro del sueño. En ella era una persona querida, afamada y fácilmente obtenía cuanto quería. Simplemente, era el dios de su propio mundo, por lo que tanto poderío acabó por cansarle.
   No solo estaba cansado de ser un dios, sino que tampoco le valía vivir como un mísero. La imaginación en pleno estado del sueño no puede abarcar situaciones moderadas; busca siempre el extremo, la hiperbolización de la realidad onírica.
   La ensoñación seguía su curso, en ese mundo donde no podía dormir por temor a no volver a despertar y sumirse en un bucle continuo. Desesperado, empezó a instigar a todas las personas del sueño -a muchas de las cuales, o no las conocía o eran bebés o animales parlantes como aquella mosca que le pidió fuego o ese bebé que le cambiara su chupete por un preservativo- a que le despertasen, que había zozobrado en un sueño sin retorno. Todos le solían contestar que no existía tal retorno, que lo único que le quedaba era retorcerse.

Unos días más tarde, después del ciclo litúrgico, alguien con rostro triste y solemne empezó a echar montones de tierra sobre su tumba.



Gustave Moreau, Joven tracia
llevando la cabeza de Orfeo