domingo, 3 de mayo de 2020

Amor, vida

Amo a la vida, 
la vida que tú tocas 
con tus dedos
yo la amo, la quiero. 
La vida que de ti hasta mí brota,
la vida que nace desde 
que nuestros ojos se miran,
la vida que surge desde que
 se juntan nuestras bocas.

La vida que yo sueño, amor, no es la vida que anhelo
pero sí la vida que a mis sueños tú le das;
lo que desde mis sueños yo te doy, amor, es mi vida;
pues sigue siendo amor, vida, aunque sea inmaterial.

Desde que conocí
la vida que filtras 
desde tus manos, amor,
rechazo las manos huesudas 
que marchitan a la mía, vida.
Porque desde que con el amor
tuyo me diste vida
odio, muerte, dolor
son palabras primitivas
que mi boca plena
de tu amor, vida,
pronunciar
no puede.


Beach Butterfly ~ William Russell Flint ~ (Scottish: 1880-1969 ...
Beach butterfly, William Russell Flint




jueves, 9 de enero de 2020

anhelo y rencor


yo, que tanto he dado, que tanto he hecho por ellos...
interpretan como felonía cuando por las mañanas hago ademanes
para deshacerme de las caricias de la de dedos rosados... 
no entienden cuánto les di de mí; ya ni respetan que me visite en sueños.

estoy decepcionado con los dioses, y ellos lo están conmigo, así que qué más da.
yo sacrifiqué todo y más, y logré lo que ningún mortal pudo lograr:
observé el vacío, me vi tentado y cambié mi destino; fui dios por unos segundos.
y ahora quieren arrebatarme el único lugar donde puedo encontrarla.

me advirtieron los ojos zarcos lo que ocurre cuando
desafías la naturaleza de los dioses; cuando muerdes la manzana dorada.
pero el pensamiento es mucho más veloz que los pies de Aquiles
y mientras yo viva no habrá bóreas ni vientos fríos que extingan mi fuego interno.

mas yo les advierto: juzgaron mal mi supuesta arrogancia, mi malentendida hybris
como también malinterpretaron la osadía de Orfeo; y yo sé 
que en lo más profundo de ti, mi silenciosa compañía, me comprendes, velas por mí.
pues tú también te has aferrado a ese último anhelo; a ver ese rostro amado por
última vez... aunque sea solo en sueños.

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Mark English, Couple

viernes, 1 de noviembre de 2019

espejos en la memoria

el mundo
ha abandonado por entero la alegría,
es decir el mundo
se ha vuelto mortal. 

tal vez yo no vuelva a ser feliz
solo tal vez,
pero a decir verdad
siempre me consideré mortal. 

hay que romper los espejos
que moran
en nuestra memoria.

hay que romperlos,
para que no se reflejen en ellos
fantasmas del pasado. 

hay un foso oscuro
en mi memoria

una circunferencia negra y profunda
que atraviesa perpendicularmente mi cabeza.

en lo profundo del charco de mis recuerdos
solo queda un poso: la eternidad y su rostro.

Imagen
Gustave Caillebotte, «The Yerres, rain»

lunes, 24 de junio de 2019

Nana triste

tiene en cada ojo
un pajarito verde

que canta cuando ríe
y muere cuando llora.

pajarito muerto, pajarito anegado;
nadie quiere oír el llanto profundo
del campesino sin tierra,
nadie quiere pasar más
el arado.

tiene una mirada afelinada
que araña cuando te ve

pero te dejas lacerar...
con tal de sentir su ronroneo.

pájaro verde, pájaro verde;
quise verte con ojos
nuevos y enamorados,
pero sus párpados... bien cerrados.

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Helen Frankenthaler, Snow Pines

viernes, 10 de mayo de 2019

y aún así te sigo viendo

cuando las noches frías
se tornan infinitas y solitarias
guardo muy dentro de mí 
una bandera blanca

el mejor cojín donde descansar:
el recuerdo de verte dormida,
suspirando levemente 
como si me acariciase una leve brisa
mientras navego por un mar bravío.

y aunque las olas sean fieras y sacudan mi nave
me siento protegido al recordar tu abrazo;
como si bogase ahora en una balsa de aceite.

este recuerdo que me sumerge
y me hechiza a mí mismo,
era magia para todos prohibida 
menos para mí.

añoro no tener que dormir,
pasar las noches en vela
y así seguir viéndote 
aunque no me creyeras, 
la más bella del mundo.

Henri Toulouse-Lautrec

miércoles, 17 de abril de 2019

¿Y si ardiera la ciudad?



arrojé mi corazón a
la Fuente de Mímir

allí, anegado, descubrí
alguna que otra verdad:

tengo un guante de metal
y otro de cristal

tengo un ojo, que es una bola de seda,
y el otro, una piedra turquesa

un huerto de color amarillo
y un huevo que pone gallinas

pero aún triste, afligido, veo mi reflejo,
con los pies chapoteando en el charco

he entregado una parte de mí por
algo a lo que no puedo responder:

¿y si ardiera la ciudad...?
¿quién me vendría a buscar?

Imagen relacionada
Tom Lovell, Día de flores amarillas (detalle)

Nota: La fuente de Mímir es el pozo de la sabiduría. Mímir, en los mitos nórdicos, es su guardían. El dios Odín sacrificó su ojo por un sorbo de esas aguas, por el conocimiento.

jueves, 4 de abril de 2019

El crepúsculo de los dioses

   La tormenta ya había empezado. Un revestimiento de nubes negras cubría el cielo en su totalidad. Solo la luz perpetrada por los rayos que azotaban la tierra permitían iluminar ese mundo ahora oscuro. El apetito de los lobos estaba, pues, saciado. La lluvia arrasó todo cuanto pudo, y anegó pueblos y aldeas en las profundidades de mares ya olvidados.

   Bajó de su carro y contempló el océano desde el borde de un acantilado. Sus ojos helados contemplaban con absoluta serenidad el caos y la destrucción, la revolución de las aguas contra la roca y la tierra. Echó hacia atrás su capa empapada y acarició con delicadeza la cabeza de su martillo. Sus dedos, desgastados y sucios hasta las más pequeñas hendiduras de las uñas, recorrieron las runas grabadas sobre el cuerpo del martillo, que más bien parecían bordadas con hilo dorado. Clavó su mirada en las aguas, una mirada ya encendida, airada, en unos ojos donde el fuego danzaba vehemente, con ganas de escapar y sumirlo todo en llamas; destellos y chiribitas chocaban entre sí.

   Entonces fue cuando del mar emergió una gran sierpe. Tan grande que podría enrollarse sobre el mundo y morderse su propia cola. Y de su boca emanaba un hálito emponzoñado que lo pudría todo. Los dientes, grandes como montañas, conducían el veneno como estas conducen los ríos. Y con sus grandes fauces, le esbozó una sonrisa con sorna después de pronunciar su nombre, supuestamente temido por todos en todos los reinos... Se miraron y en sendos ojos se avivaba aquel fuego que acabaría con la vida de ambos.
   Desenvainó el martillo, impregnado por relámpagos y destellos fulgurantes, rebosante de energía. La gran sierpe emergió finalmente y se mostró imponente, habiendo superado con solo un movimiento varias veces la altura de la Torre de Babel.

   Ya había comenzado. El principio del fin. La última batalla de la última guerra. Cinco pasos atrás y... había llegado. El crepúsculo de los dioses.


Henry Fuseli 1788