miércoles, 2 de enero de 2019

poema con pinzas

todo lo que pienso
entra en mi cabeza
y expira puf como humo
saliendo de una boca
marchita y fúnebre
por eso es que existe
una expresión: pararse a pensar
porque la actividad de pensar
es tan sumamente difícil para mí
que necesito detenerme un instante
en el tiempo y ayudarme a mí mismo
a poder pensar a que esa mosca
que seguramente sea Loki, el dios astuto,
no perturbe la creación del Mjölnir
(mi idea, mi mismo pensamiento):
que Brok y Sindri no yerren
qué metales, qué fuegos
encender qué palancas tirar y
cuántos golpes asestar
porque Fenrir se acerca
y con él Sköll y Hati
y entonces no podría volver
a pararme para pensar en
qué bonito es el día
y qué bonita es la noche.




   Unos apuntes sobre el poema: No lo hago nunca, pero creo que es mi deber explicar ciertos aspectos del poema, apuntando a los aspectos mitológicos del mismo. Creo que eso ayudaría a entender la totalidad del escrito.

   A partir de la línea 14 se inician las referencias. La primera une la historia en la que Loki, haciendo una de sus maldades, rapa la cabeza de Sif, la esposa de Thor, por lo que debe hacer una ofrenda compensatoria a los dioses Odín, Frey, Freya y los mismos Thor y Sif. En este punto, Loki inicia una competición con unos herreros enanos, los hijos de Ivaldi y los hermanos Brok y Sindri, apostando su cabeza a los hermanos Brok y Sindri.
   Posteriormente, los hermanos herreros empezaron a maquinar sus inventos: un jabalí fantástico para Frey, un anillo para Odín, y un martillo para Thor, el Mjölnir. En vista de que la creación de los enanos estaba siendo un absoluto éxito, Loki, en forma de mosca, empezó a picar y molestar a Brok mientras fraguaba el nacimiento del Mjölnir, sin lograr que este dejara de pulir su invento, consiguió, sin embargo, que Brok lo finalizara con un ligero defecto en el martillo: el mango era extrañamente corto. 
   (Ahora he de añadir la explicación a esos versos. Bien, se entiende que mi pensamiento, mi idea, la conclusión a la que quiero llegar pensando, es el Mjölnir, pero hay una "mosca", un dios astuto, que en este caso pueden ser multitud de cosas que me distraen, que alteran mi facultad de pensar).
   Por otra parte, en los versos siguientes, hablo de Fenrir, Sköll y Hati. Fenrir es hijo de Loki, el lobo gigante que acabaría con la vida de Odín en el Ragnarök. Asimismo, Sköll y Hati son hijos de Fenrir, los lobos que acabarían por engullir el sol y la luna (respectivamente) el mismo momento del destino final de los dioses, por ello que hay que pararse a pensar en lo bello del día y de la noche.  

jueves, 8 de noviembre de 2018

hay flores flotando en el agua

hay flores flotando en el agua
me dicen que están llorando
por pena, dolor y pérdida,
hay flores retorciéndose en agua.


hay un liro ahogado que zozobra
en la orilla de mis párpados,
quiere que le cante una nana
pero hay flores anegadas en mi garganta.


he intentado abandonarlas y bogar
hacia el olvido, pero hay flores
que inundan mi barca.


un rostro me observa mientras me hundo
lo último que atisbo a decirle es:
«hay flores flotando en el agua».



https://www.youtube.com/watch?v=4aP04TBpPeE

lunes, 1 de octubre de 2018

Ragnarök: gritos en sueños

en el sueño soy más vulnerable que en la vigilia,
es ese mi momento más débil del día; cuando duermo
y se me presenta en sueños el Ragnarök: gritos en sueños,
cabezas cortadas, bocas donde en lugar de besos nacen ratas.

y yo grito pero fuera del sueño tú no me puedes escuchar:
yo no estoy aquí si tú no estás, yo quisiera ser el aquí donde 
tú pudieras estar.
sin embargo sigo libando del corazón de Gullveig,
a escondidas de ojos de cuervos blancos aún te busco
en aquella hoguera.

el viento es ahora
solo silencio.

mis alaridos son ahora
solo viento.

y mis sueños un caldo
de escupitajos.

Fishermen at Sea, William Turner

martes, 4 de septiembre de 2018

deus omnia cernit

si ni resisto
ni sobrevivo
memorizo
cómo duele
lo inocuo
cómo duelen
los golpes
a la memoria
tan viejita
la pobre
le duele
hasta recordar.
me duele
hasta recordar
que si ni
resisto
ni
vivo
entonces
¿qué memorizo
cuando
lo inocuo
duele como
el recuerdo
de lágrimas
golpeándose
contra el suelo?


La ninfa y la rana, Edward Egglestone

martes, 14 de agosto de 2018

...y te levanto

   A ti que me lees, yo sé que te molesta cuando las cosas toman un rumbo que quizá no es el suyo, que quizá no es el camino natural de esas cosas que aún siendo únicamente clasificables como «cosas» siguen siendo importantes. Como si fuera obligatorio que el dos fuera después del uno. Ese «orden natural» que parece un artificio, un autoengaño de nuestra mente.

   Sé que Anastasia ahora mismo piensa en Claude. Ambas están enfadadas porque una le dice a la otra que es tan pero luego replica su semejante que no sabe qué es ser tan. Ellas son tan. Y aunque ellas no lo sepan yo sé que ambas miran con los mismos ojos a la gran gota que está a punto de desbordarse por su ventana. Ambas piensan en llamarse e imaginan qué clase de conversación podrían tener.

—He tocado el piano esta tarde.
—¿Bach?
—Mozart.
—Lautrec.
—Boba.
—Claude.

   Me apena un poco que me hagan pensar en Aquiles y Patroclo. Un amor fallido, un amor muerto porque ninguno de los dos supo decirle al otro que lo quería. Al menos uno de los dos no supo, o al menos no hasta que llegó aquel día de desgarramiento y Aquiles tuvo que aceptar que su verdadero punto débil fue la muerte de su amado y no su talón.

   Algunas personas son lo suficientemente arriesgadas como para amar a alguien que no sean ellos mismos o algún animalito entrañable. No lo criticaré, pero nunca he llegado a comprenderlo. Anastasia y Claude tampoco lo entienden, pero sienten algo, intuyen algo que no puede pasar jamás por el intelecto y racionalizarlo.

   Y qué curioso que el único momento en que se buscan sea el sueño. Que cada una en su propia vigilia ansíe encontrarse la una con la otra, o que la otra se encuentre con la una. Y es el único momento en que las palabras, el entendimiento, se transforma en besos y abrazos y calor y un dolor dulce les recuerda que han de despertar.

—¿Qué tal has dormido hoy?
—¿Estaba durmiendo?
—La flecha de Paris.
—El arco de Skadi.
—Te caes...
—...y te levanto.


Lucretia, Béla Tarcsay

lunes, 23 de julio de 2018

Nocturno

cuando estamos juntos me siento como
rodeado de peces raros que se mueven
vehementemente y repiten palabras
que suenan muy parecidas entre sí.

      estos peces nadan y me salpican con sus aletas
      en mis mejillas plenas de rubor e inquiridas 
      por dos lunares que constelan con el de la nariz. 

cuando te vas noto que echo en falta
esos peces que aletean y me rocían con
palabras como tarántula espátula o farándula,
porque ellos solo juegan conmigo si tú estás.
     
     desde entonces guardo en mi boca ese manantial
     de patos nenúfares y palabras que pretenden ahogarse
     en mi garganta, tristes y menesterosas de los peces de tu boca. 

James McNeil Whistler, 1874

domingo, 24 de junio de 2018

La flor en el laberinto


   Cuando duerme yo la miro. Me acerco y ella me acaricia la cabeza, me acepta en su sueño y me dejo abrazar. Me relaja escuchar su respiración. Cuando duerme sola me relaja mirarla e imaginar qué ve. La miro y ella entorna sus ojos verdes de una hermosura maligna.
Perdida como una flor en medio de un laberinto. Yo la miro y ella me cuenta todo. Y ríe, y llora. En la tempestad de sus lágrimas hasta Njörd zozobraría. Se queja porque soy lacónico. Ella no me entiende. No entiende que es difícil hablar con una lengua tan áspera. Entonces le doy una cabezadita, mirándonos de frente. La niña de mis ojos.

   A veces me despierto y no encuentro nada. Y miro a ver qué hay por la ventana y no hay nada. Me cuelgo de la balaustrada y me vuelvo a quedar dormido. Cuando estoy solo salgo a deambular y veo a más de los míos, pero no me dicen nada. Muchos parecen estar tranquilos en la sombra. No sé qué es lo que busco en esos paseos, pero siempre vuelvo a casa antes de que anochezca, con la sensación de haber perdido algo que se me escapa, de haberme quedado atrás en la carrera hacia el sol y la luna.

   Un día arribé de mi salida y me esperaba tumbada en el sofá. Me alegró verla pero creo que ella no lo supo, o quizá no lo vio. Me arrulló con caricias y besos; su piel transmitía un magnetismo casi mágico o chamánico, y la envolvía un aura dorada como si toda ella fuera un medio para un ritual crisopéyico.
   Entonces, en el momento previo a alcanzar el sueño, me dijo: «te quiero», y yo, con la inexorable felonía de una tragedia griega, respondí con un leve maullido.


Gustave Caillebotte