sábado, 20 de enero de 2018

En mí, pero dónde

Apareces 
cada vez que cierro los ojos,
aprovechas cada
instante de oscuridad
invadiendo mi cuerpo y
asediando las murallas de mi corazón,
hasta que haces de mí un gálata moribundo.
Conviertes besos que soñé
en dentelladas,
dejándome
la piel
en carne 
viva
y matándome
al mismo tiempo.
Solo tú
me arrebatas el aire.
Solo tú
provocas que hiperventile.
Y todavía arden
los arañazos que 
dibujan mi espalda,
y todavía siento
tu lengua viperina
libando mis lágrimas.
Mientras tú corroes todo lo que soy
con tu hiedra
y tratas de retenerme
entre las sábanas empapadas,
mi vacío abraza su existencia
y mis ojos buscan la poca luz que en ellos quedan.
En el cráter
de la desesperación
donde me has hundido 
he encontrado otra parte mí.
No pienso escuchar más voces que la
mía.


Egon Schiele, Tote mutter


martes, 9 de enero de 2018

Cada vez más cerca


Mis heridas se hermanan
en un dolor amargo,
fluye la sangre
a borbotones
y me 
recuerda 
a un bombón
de licor derritiéndose
sobre mis manos frías
en un trance palingenésico. 

Una auténtica muestra de amor:
el filo de un cuchillo besando la boca de mi estómago.


domingo, 24 de diciembre de 2017

Reminiscencia programada

Con los pies anegados, reflexiona sobre lo absurdo de su situación. Ha de sumergirse en el río para llegar hasta los infiernos. Un infierno donde no le espera un barquero huraño que le cobra un peaje, ni un can de tres cabezas; no le espera nada ni nadie, solamente un remanso de paz y descanso.

  Mira su propia figura en el agua. Sobre su cabeza se mece el reflejo de la Luna y su arcano significado. Sonríe y piensa: todo fluye. Se acuerda de viejas canciones, de amor y sabores que le trajeron la vida. O que al menos le dieron cierto sentido. Pero el nefario destino y el veneno de una sierpe se lo arrebató. ¿Cómo alguien puede tener fe en las personas?, se pregunta, tras la muerte ominosa, horrible y, ante todo, cotidiana, de la persona que él amaba. En este cuento no quedaste impune, apicultor infame.

  Y en ese momento, empieza a caminar río adentro. Está dispuesto a reencontrarse. Consigo mismo, con ella, no lo sabe. Lo satisfactorio es que no lo sabe. Por primera vez camina sin dirección alguna. Deja tras de sí un camino de gotitas de sangre, que se deslizan del puñal que sustituyó por la guitarra.

Y mientras se sume en las aguas de Neptuno, murmulla: «Eurídice, Eurídice...»

James McNeill Whistler

lunes, 4 de diciembre de 2017

Óbices

Sustituimos la lira por el rumor
del río que lleva una cabeza en su caudal.
Tus ojos almendrados
por mi mirada amedrentada.

¿Qué nos ha pasado,
oh, hija de Euterpe?
¿Es que te has cansado
de morderme dulcemente
con tu canto?

El auspicio me revela
la necesidad urgente de un óbolo.
Serapis ha dejado
coagular mis heridas
y el alma me pesa
más que el corazón
o la pluma de un juicio
que ya he perdido.

viernes, 17 de noviembre de 2017

Corpore insepulto

Un día se fue a dormir y no recordó haberse despertado nunca más. Vivía en un letargo muy profundo y protagonizaba su nueva vida dentro del sueño. En ella era una persona querida, afamada y fácilmente obtenía cuanto quería. Simplemente, era el dios de su propio mundo, por lo que tanto poderío acabó por cansarle.
   No solo estaba cansado de ser un dios, sino que tampoco le valía vivir como un mísero. La imaginación en pleno estado del sueño no puede abarcar situaciones moderadas; busca siempre el extremo, la hiperbolización de la realidad onírica.
   La ensoñación seguía su curso, en ese mundo donde no podía dormir por temor a no volver a despertar y sumirse en un bucle continuo. Desesperado, empezó a instigar a todas las personas del sueño -a muchas de las cuales, o no las conocía o eran bebés o animales parlantes como aquella mosca que le pidió fuego o ese bebé que le cambiara su chupete por un preservativo- a que le despertasen, que había zozobrado en un sueño sin retorno. Todos le solían contestar que no existía tal retorno, que lo único que le quedaba era retorcerse.

Unos días más tarde, después del ciclo litúrgico, alguien con rostro triste y solemne empezó a echar montones de tierra sobre su tumba.



Gustave Moreau, Joven tracia
llevando la cabeza de Orfeo

sábado, 7 de octubre de 2017

A on anirà...?

Cap a on anirà quan
ja ni es trobi en nosaltres?
Ningú no sap on anirem
quan ja ni ens trobem en ell.

El nostre principi
i el nostre origen,
només un fil on
voler sostenir
el nostre vertigen.

Ai, on aniràs si amb
nosaltres dos ja has mort,
amor?
I tu que tant em vas
encisar,
i jo que tant et vaig
regar,
què farem si la flor
que brotà baix el sòl
està cansada
d'esperar?

El groc, tan cridaner...
és un color impossible
de no escoltar.

Els meus ulls, tan sincers...
tan impossibles de
tancar.


lunes, 25 de septiembre de 2017

Ojos en un foso

Me pesa el... pero luego me duele la... y encima ahora viene lo otro... 

   Y así conversa vacilante consigo mismo. Que si no sabe qué hacer, que si le supone mucho esfuerzo soportar el peso del... que si luego esto, lo otro; caos y barahúnda mental, no se detiene, no se calla y no conoce el silencio. Piensa que su cabeza es un crisol de rituales crisopéyicos. No sabe a qué viene, pero lo piensa mientras continúa con su paseo.
   Es de noche y se encuentra con el gato al que cuida siempre con leche tibia y galletitas. Esta vez no trae ninguna de las dos cosas para el minino y este le esquiva la mirada. Es oscuro como la noche y sus ojos verdes de una perversidad inocua. Tiene una silueta perfilada como un grabado egipcio. Él lo suele llamar Sirio, como la estrella.
 
Sirio, paradójicamente, es más zorro y se resguarda de la lluvia. A él no le importa mojarse ni sumergir sus pies en unos zapatos empapados ni que una gotita baje por su nariz y se balancee en su extremo ni que el vecino de una calle que desconoce le brame y le advierta de un inminente resfriado.
   No, al él no le importa nada de eso. Parece la efigie de la desazón dirigiéndose a un túnel donde solo existe la oscuridad. Calígula le habla. Nerón le susurra. Sila le grita. Hace caso a todos.
   Se detiene en un charco de agua y empieza a escrutar su rostro. Se acaricia los ojos con las manos entumecidas. Llueve y sus labios están fríos y cortados. Ahora parece que llora mirándose en ese espejo terrible. Observa por última vez y ve cómo la figura del charco se marcha.


Sappho, Charles Mengin (1877)