sábado, 7 de octubre de 2017

A on anirà...?

Cap a on anirà quan
ja ni es trobi en nosaltres?
Ningú no sap on anirem
quan ja ni ens trobem en ell.

El nostre principi
i el nostre origen,
només un fil on
voler sostenir
el nostre vertigen.

Ai, on aniràs si amb
nosaltres dos ja has mort,
amor?
I tu que tant em vas
encisar,
i jo que tant et vaig
regar,
què farem si la flor
que brotà baix el sòl
està cansada
d'esperar?

El groc, tan cridaner...
és un color impossible
de no escoltar.

Els meus ulls, tan sincers...
tan impossibles de
tancar.


lunes, 25 de septiembre de 2017

Ojos en un foso

Me pesa el... pero luego me duele la... y encima ahora viene lo otro... 

   Y así conversa vacilante consigo mismo. Que si no sabe qué hacer, que si le supone mucho esfuerzo soportar el peso del... que si luego esto, lo otro; caos y barahúnda mental, no se detiene, no se calla y no conoce el silencio. Piensa que su cabeza es un crisol de rituales crisopéyicos. No sabe a qué viene, pero lo piensa mientras continúa con su paseo.
   Es de noche y se encuentra con el gato al que cuida siempre con leche tibia y galletitas. Esta vez no trae ninguna de las dos cosas para el minino y este le esquiva la mirada. Es oscuro como la noche y sus ojos verdes de una perversidad inocua. Tiene una silueta perfilada como un grabado egipcio. Él lo suele llamar Sirio, como la estrella.
 
Sirio, paradójicamente, es más zorro y se resguarda de la lluvia. A él no le importa mojarse ni sumergir sus pies en unos zapatos empapados ni que una gotita baje por su nariz y se balancee en su extremo ni que el vecino de una calle que desconoce le brame y le advierta de un inminente resfriado.
   No, al él no le importa nada de eso. Parece la efigie de la desazón dirigiéndose a un túnel donde solo existe la oscuridad. Calígula le habla. Nerón le susurra. Sila le grita. Hace caso a todos.
   Se detiene en un charco de agua y empieza a escrutar su rostro. Se acaricia los ojos con las manos entumecidas. Llueve y sus labios están fríos y cortados. Ahora parece que llora mirándose en ese espejo terrible. Observa por última vez y ve cómo la figura del charco se marcha.


Sappho, Charles Mengin (1877)

lunes, 11 de septiembre de 2017

Desnudo

Agrupó todo lo que hube escrito
y formó los retazos de un cielo oscuro. 

Congregó todos mis versos sin dejar
a ninguno de ellos libre de su autoridad.

Descansando en paz sobre una jaula de cristal
a veces le da por asomarse y preguntarme
por qué todas esas palabras, por qué escritas
están las metáforas como si me hubiera
desangrado ahí mismo. 

Como si cambiando el orden de las sentencias
de las sílabas por renglón
de los signos de puntuación
de los entresijos poéticos
como hipérboles y epítetos
pudieran realmente reflejar algún 
tipo de emoción que no fuera
falsa.

Todos esos juegos,
esos malabares verbales
y rimas enrevesadas
las recogió,
y sin metáfora 
que valga las rompió
una
una,
dejando que mi corazón
empezase a sentir de verdad.


Artista: Celeste Ciafarone

martes, 15 de agosto de 2017

Discusiones

No me quedó otra. Hundí el cuchillo en su cuello. Su risa espantosa estaba perturbándome desde hacía horas. Cada palabra que soltaba por esa boca me irritaba más por dentro. Tan solo conversábamos. Discutíamos acerca de política actual y sobre el medio ambiente. No podía con su risa. Deja de reírte. Por favor. Cállate. Escúchame cuando te hablo. 
   Llegó a un punto en que no hubo debate posible. Uno argumentaba y otro no hacía más que desternillarse. Se reía de mí. Cabronazo. Merecía morirse. Yo estaba preocupado por la situación de la izquierda progresista y él solo se descojonaba vivo. Quise desnucarlo ahí mismo. Preferí ir por la vía sanguinolenta.
  
  Qué espejo más horrible. 


Para no ser reproducido, René Magritte

martes, 1 de agosto de 2017

Punto y aparte

Un espejo en el que
veo que me ves mirándote.

un espejo roto que refleja
el dolor de mirarte.

Un corazón hecho trizas
del que hacer ruinas ceniza.

un cuerpo muerto sobre una alfombra;
una prostituta violada por un sátrapa.

Una ganzúa con la que abrir mi garganta
y sacarme las palabras de adentro;
arrancarme la razón.

un hilo de tinta trazando el contorno de mis labios
hasta que desboca y cae en el papel;
ha muerto otra flor.


Amor y dolor, Edvard Munch

martes, 11 de julio de 2017

Punto y final

Se puso el punto y final
sobre nosotros;
con demasiados
trozos por recomponer
acabamos hechos trizas.

Hubo melodías que
se repitieron
para no volver;
tuvo que quedarse ella.
Todo está escrito con tiza.

El recuerdo frío de la desnudez paraliza,
su paso liviano por mi alma dejó huella.

En mi pecho se pueden otear dunas cenizas,
donde naufraga un barco dentro de una botella.

Aceptemos que hay cosas
que no se pueden explicar.
Una flor inmarcesible
se hunde en el mar.
Es en la muerte
donde se abarca la eufonía
de todo lo indecible.

Horace Vernet

jueves, 6 de julio de 2017

La noche de los alhelíes

Todavía eran las cuatro de la mañana cuando estaba en quirófano. Un accidente de moto requirió operación de urgencia, un bigardo francés se rompió (entre otras cosas) la pierna izquierda. En este fatídico caso su tamaño supuso un grave problema, ya que al romperse una pierna podría decirse que se rompió varias. El gigante circulaba tranquilamente cuando un anciano cruzó sin ser a penas consciente de la situación, la moto iba a la velocidad estipulada por las leyes de tráfico, pero el motorista se vio obligado a torcer su rumbo esporádicamente y eso le supuso un buen trompicón contra el muro de una floristería. La dueña era una señora mayor a la que la consternación de ver sus petunias y alhelíes yaciendo en las acequias pudo con ella, y expiró de sí un largo llanto, tanto que ya en lontananza del suceso, los testigos del incidente creyeron tener aún en sus cabezas la sirena de la ambulancia.
 
   Poca cosa conocíamos sobre el salvador de ancianos francés, a excepción de que su moto ha quedado ya totalmente escacharrada y que su pierna izquierda casi corrió la misma suerte. Federico sería el cirujano que se encargaría de operarle. Antes del accidente, el doctor Federico se dirigía a su casa en un auto bastante ostentoso. Él siempre fue el hombre que todos esperaban que fuera. Se sentía orgulloso de sí mismo. Era joven, de unos treinta y pocos, no estaba casado más que con su profesión (como le gustaba pensar), aunque cuando era un adolescente tuvo una relación con una chica que se llamaba Helena y venía a Francia de intercambio de estudiantes. Pensaba que se casaría con ella y que tendrían muchos hijos, pero gratamente el azar deshizo el posible cliché y los libró a ambos de una vida tediosa y monótona. Federico llevaba siempre relojes de la marca más cara. Se sentía seguro al llevar atado en su muñeca un constante e inaudible tic-tac. Quería tenerlo todo planeado, todo bien ordenadito y que pudiera servirlo en la mesa a la hora que llegasen los invitados. ¿Champán? Por supuesto, lleva ya más de cuarenta y cinco minutos en el congelador, en unos diez minutos lo descorcharemos. Asimismo también era muy dado a la lectura, si bien en sus estanterías primaban libros sobre medicina y anatomía, también era muy aficionado a la literatura clásica, siendo un fiel admirador de los realistas rusos como Chéjov o Tolstói. Nunca se dejó llevar por la fantasía ni el idealismo.
   Al llegar a su casa, lo primero que hizo fue dormir. Una larga jornada de trabajo lo hubo fatigado, y sin más preámbulos, se desvistió y su cabeza acogió la cómoda almohada. Durante el descanso, su subconsciente empezó a maquinar, y el magín del médico soñaba que estaba en el hospital. Claro, todo el día ahí encerrado... El hospital prácticamente era donde residía. Entonces, súbitamente, se vio en su quirófano habitual, donde debía hacer un trasplante de corazón a una joven estudiante debido a una fuerte insuficiencia cardíaca. Su rostro le era lo suficientemente familiar como para que le incomodase verla desnuda. No le molestaba realmente abrirle el pecho, ese era su trabajo, pero aquellos ojos cerrados le recordaron exactamente a unos párpados que él mismo tuvo que cerrar. Se dijo que no duraban mucho en vida las mariposas.
Antes de proceder a la operación, Federico le echó un vistazo a su lengua y comprobó que su color era el correcto. Hizo un ademán de pedir el bisturí, pero estaba completamente solo, él y la paciente. Atravesó la hoja como en un trozo blando de papel. Hizo una forma de I en el torso de la chica y vio su interior. Del súbito espanto, se levantó casi asfixiado y sudando.
 
   Ahora se encontraba con el talludo francés en la camilla. Lo miraba y pensó que era hermoso. Tal vez no fuera el perfecto adonis adormecido, pero le gustaba ese temple que le transmitía. Las patillas rubias que continuaban hacia un pelo más bien castaño y denso. La rectitud de sus cejas apaciguaban su temperamento (trastocado por el sueño que tuvo horas antes). En esos momentos, Federico exhaló y rogó por favor a sus ayudantes médicos si podrían abandonar el quirófano por unos momentos. Sí, sí, todo irá bien, solo necesito estar a solas con el paciente, les decía, váyanse a por un café mientras tanto, el asunto nos llevará horas con este bicho.
   Se empezó a sentir más cómodo con la sala vacía. A Federico había algo que le inquietaba. Con su paciente amodorrado por la anestesia, necesitaba comprobar algo. Se recolocó las lentes y se secó el sudor. Miraba al francés, y con severa solemnidad, le desnudó dejándole el torso al descubierto. Su pecho para él era un vasto desierto, donde confluían dos dunas de ceniza en el plexo solar. Quiso dejar lo que estaba haciendo y recapacitar. Entró una asistente y la echó rápidamente, no quería que se le molestase, no, su ritual debía de ser íntimo y fiel al sueño que lo perturbó anteriormente.
Esta vez le costó más incidir en el pecho de su paciente y hacerle la forma de la I. Lo abrió en canal con delicadeza, hasta con cariño, sintiendo el dulzor de la ocasión. Sin más circunloquios poéticos, Federico procedió a examinar el interior de su busto, y esta vez se desmayó dándose un golpe en seco en suelo. Donde debía haber un corazón, habitaba una flor de loto.

Tras el desvanecimiento, despertó solo en el quirófano, junto al cuerpo abierto de una paciente.




Ninfas y Sátiro, Bouguereau