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domingo, 11 de diciembre de 2016

El paradigma de Uróboros

Mucha gente opina sobre la injusticia que es la muerte, el trato que tiene con sus clientes, "sus formas", de las cuales se dice que, quizás, no sean las más adecuadas, y que, en todo caso, debería replantearse cambiar de sector laboral; pero en cambio otros, opinan que es la vida la injusta, dado que, como una déspota, no te permite elegir ni nombre ni sexo; ni familia ni país, por lo que, sin tú ser dueño de ti mismo (y tu circunstancia) caes en manos -invisibles, si se trata de una sociedad de tipo occidental- del azar.
Aunque muy poca gente se queja, arguye o discute sobre la injusticia del ser humano. Bueno, qué digo, señores, ¡claro que hay gente que protesta! Y mucha gente-de-tipo-protesta pertenece a un sector clave de la población: la que hay que salvar de la injusticia humana.
Imagínese caminar por la ciudad, cual emporio en su apogeo; luces, bullicio mercantil, aromas, ¡sabores...! Pero algo falla. No encuentra sentido alguno, durante el paseo, a todo lo que ocurre a su alrededor. Pamplinas, no pasa nada. Usted continúe con el paseo. El caso es, el quid de la cuestión es, el asunto, o el tema, es que dicha gente-que-protesta-por-nosotros suelen convivir con una desidia invisible (como la mano), un dolor que tarde o temprano aparecerá como si les cayera un rayo, una intensa desazón cuando descubran la fatalidad, el error cometido incesantemente y sin partida de regreso. No tuvieron en cuenta la injusticia del ser humano.

A veces me pregunto si el ser humano es ser una injusticia en sí, o si ser humano es una injusticia por sí sola, o si la injusticia recae sobre el ser humano como la nata sobre la leche y como la leche sobre el café. Tratándose del último caso, dicha injusticia no podría ir acompañada del complemento determinativo "del ser humano", pues quien la realiza dudablemente puede encajar en los convencionalismos de la palabra "humano". Rehilando el monólogo, me gustaría dejar bien clara la idea: esta rueda que es el mundo no avanza. Aceptaré que haya gente que esté dormida, cada cual requiere su tiempo para despertarse, no es ningún crimen, pero será intolerable quien -y siguiendo la corriente metafórica- con total impunidad, trate de impedir poder despertar a los demás.
El sector-que-hay-que-salvar anteriormente mencionado está siendo injustamente vapuleado por el resto, al cual intento referirme en esta parte del texto. Se acuden a manifestaciones, actos y asambleas de tres horas, donde compañeros y compañeras han de soportar la impertinencia del mundo que les rodea, donde los gritos que velan por la seguridad son silenciados a golpe de porrazo (nunca mejor dicho); donde se juzga y llena de oprobios a quien trata de luchar por unos derechos que nos pertenecen a todos. Nadie va a revolucionarse por ciencia infusa, todo el mundo es consciente de ello.
La nostalgia es buena, pero la esperanza es mejor, dicen, pero ¿qué esperanza? Si al tratar de iniciar el funcionamiento de una rueda antes te ponen un gato, o sino (y esto les viene muchísimo mejor) te ponen un impuesto, el cual sube con cada candidatura de gobierno diferente, porque la energía cinética de la rueda puede obtenerse de manera no lucrativa, y ello supone un avance. Para otros, un peligro.

Luego, hay otro tipo de ser humano, que se enfrenta junto a otro, y ambos, pertenecen al mismo sector el cual hemos de defender. El primero es el homo claudico, es decir, "el hombre que claudica" (se sobreentiende que por "hombre" decimos "humano", pero se recalca porque sino sería muy arbitrario), el hombre que se deja llevar por su mar de enojos y frustraciones y abandona todo proyecto de vida común.
Sin embargo, a contracorriente, se encuentra con el homo sperare, "el hombre que tiene esperanza", aquel que no permitirá que, por muchos sinsudores, lamentaciones, actos fallidos o sabotajes, la humanidad desista ante la injusticia, porque quedarse impávido ante esta, sería muy injusto.

Y mientras que usted sigue caminando, deteniéndose en los escaparates, probablemente rotos y saqueados en un futuro por la necesidad, continúe pensando, hasta llegar a casa, desvestirse y meterse en la ducha, acerca de las personas que velan (y no duermen al vivir en constante ruido) porque usted, y los hijos que Dios no lo quiera que tenga, puedan cerrar este circo, y cortar definitivamente la cadena de injusticias que se iniciaron desde el descubrimiento del ser humano.





sábado, 1 de octubre de 2016

Alaridos de desaliento

Aparecióseme la mala suerte
escondida en un pastel,
en su acre sabor no quise reparar
¿quién pudo alguna vez engañar
al taimado Lucifer?

Sobre llantos y desesperación
se regocija en mi desgracia,
sobre sofismos e ilusiones
cubre sus falacias.

Pervierte a los humanos
y se torna en su falso salvador,
¿qué guardián nos librará
de la falsa verdad?
¿Quién desmantelará el velo
del impío protector de la humanidad?

Símbolos parejos,
vetustas lenguas
revelaron futuros
inherentes al presente.
Símbolos parejos,
¿el dólar o el tridente?

Tantos son sus nombres que se ha vuelto innombrable;
falso pastor del rebaño, dómine inmerecido del trigésimo tercer escaño.
Díctanos un íncubo que cohabita con el capital,
entonces ¿por qué te preguntas aún cómo se podría llamar?

El diablo es ojizarco, se nutre de vagidos
y se vanagloria en nuestra nescencia.
Padre y Señor de remotos sátrapas,
ejerce la dictadura de la Avispa
contra los Tábanos.

Corazón necrorromántico y experto
en ardides nefarias.
Se regodea de que en cuanto a conciencia
vivamos en periodo de lactancia.
En Occidente estamos sometidos
a una serpiente con labia,
en Oriente aún pagan
las taras de nuestra democracia.

Seduce nuestras almas; las cubre de dinero,
nos condena a una interminable ablepsia;
vulgo amordazado, en la Tierra su dominancia
debería ser apátrida.

A sabiendas de nuestra negativa resistencia
dime hijo de Gea,
¿por qué no te rebelas?



Gustave Doré, La divina comedia.